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JimLovell
demiurgo foril
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Registrado: Jan 12, 2003
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MensajePublicado: Fri Feb 19, 2021 9:30 pm    Asunto: Articulos interesantes Responder citando

Pues eso, me gustaría que recopilaramos aquí articulos que nos han parecido interesantes sea de cual sea el tema. Mejor que abrir un hilo para cada uno sobre un tema que no da quizás para debate, pero si para el placer de la lectura y de compartir.

El primero que dejo es un largo articulo donde un periodista y fotografo nos dan a conocer un campo de chabolas en Lepe (Huelva) donde habitan inmigrantes africanos. Viajaron por primera vez en Agosto de 2019 y volvieron en enero de 2021.

Cita:
Una chabola al final del camino

Así viven las personas migrantes que trabajan en los campos de Huelva

¿Qué hay al final del camino?

La migración es una promesa. Las personas que viven en países africanos castigados por la guerra, el hambre o la crisis económica reciben esta promesa a través de las redes sociales: primos, amigos y amigos de los amigos se fotografían junto a coches de lujo, visitando monumentos históricos europeos, disfrutando de su nueva vida de afluencia. Aunque haya conocidos e incluso organizaciones que les advierten de que esa no es la verdad, aunque vean en los medios de comunicación cómo el Mediterráneo se traga las vidas de miles de personas cada año, la ilusión prevalece —porque es todo lo que les queda.

https://www.revista5w.com/temas/migraciones/una-chabola-al-final-del-camino-25248

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JimLovell
demiurgo foril
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MensajePublicado: Fri Feb 19, 2021 9:31 pm    Asunto: Responder citando

Este articulo es sobre la epidemia de fiebre amarilla que mató en Argentina uno de cada 12 ciudadanos de Buenos Aires. En el encontramos muchas cosas que ahora nos suenan familiares por desgracia. Me gusta mucho como escribe Martín Caparrós

Cita:
La gran peste cumple siglo y medio


El festejo es, quizás, exagerado: gran esfuerzo de producción para recordar que hace exactamente 150 años empezó en Buenos Aires la epidemia más recordada de la historia argentina, la Fiebre amarilla de 1871.

En esos días la ciudad era, como siempre, un caos. Buenos Aires había crecido veloz, desordenada: dos décadas antes tenía 80.000 habitantes, pero entonces ya llegaba a los 180.000. Su mugre, sus amontonamientos, sus cloacas escasas, sus basuras sin tasa parecían el mejor escenario para que la peste se desarrollara –y se desarrolló.

Nadie supo de dónde llegó: algunos supusieron que la habían traído los soldados que volvían de la guerra contra el Paraguay, otros echaban la culpa a los migrantes –sobre todo italianos, los más numerosos, los más pobres, que solían vivir atestados en los primeros conventillos. Tampoco se sabía cómo se transmitía: se barajaban distintas hipótesis pero, hasta décadas después, no se supo que el culpable había sido un mosquito, el Aedes aegypti.

https://chachara.org/la-gran-peste-cumple-siglo-y-medio/

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JimLovell
demiurgo foril
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MensajePublicado: Sat Feb 20, 2021 1:01 pm    Asunto: Responder citando

Este es corto, lo pongo entero:

Cita:
Tus momentos estelares

Hasta hace treinta años, la gente veía pocas cosas llamativas. Era una limitación física: solo podíamos ser testigos de un puñado de momentos y teníamos pocas opciones de ver situaciones verdaderamente raras.

Pero eso cambió en los últimos cincuenta años. Primero se popularizaron las cámaras de vídeo, y la televisión se llenó de «vídeos de primera»: tartas nupciales por los suelos, toros que se salían del ruedo y niños que en lugar de darle a la piñata le rompían los huevos a su padre.

Era solo el principio. La verdadera revolución ocurrió este siglo: Steve Jobs inventó el iPhone y ahora dos mil millones de personas nos pasamos el día con una cámara en la mano. Los vídeos se han multiplicado, se han vuelto más cortos y sobre todo mejores. Las maravillas que recibimos por WhatsApp o Twitter hubiesen sido inimaginables hace quince años. He repasado los vídeos que recibí este mes y hay joyas: un chaval en TikTok saltando entre dos rascacielos, un caracol que se come un champiñón, un mono en moto que casi rapta a un bebé, un gato enfadado que le boicotea un vídeo cursi a un youtuber y lo castra prácticamente (al youtuber), una morsa subida a un velero (que casi vuelca), un cadáver alienígena (que era un caldo de pollo con remolacha), una ardilla que intenta subir por el mástil de un comedero de pájaros pero no puede porque le han echado aceite (te meas) y un gato diminuto que, si le disparas con el dedo, se hace el muerto (¡lo juro!). En fin. En mi casa nuestra preferencia son los animales graciosos, pero me consta que hay otros mundos de vídeos asombrosos.

Es imposible cansarse de estos vídeos. Los instantes que vivimos en persona no pueden competir, porque son objetivamente peores, pero compiten porque juegan en otra liga: todos tenemos predilección por los momentos que vivimos en directo. Son historias que has repetido muchas veces. Dios sabe a estas alturas cuánto queda de verdad en ellas y cuánto es invención. No importa mucho. Son anécdotas valiosas porque lo que vuelve interesante a una persona son las historias que cuenta, que casi siempre son robadas de libros y de otra gente.

Me viene a la cabeza uno de esos momentos.

Lo viví de resaca y en alta mar, que es una mala combinación. Estaba en Ibiza con amigos de la adolescencia, fingiendo sin éxito que todavía éramos veinteañeros. Eso explica que me levantara, con mil agujas clavadas en el cráneo y el cerebro pidiéndome agua hasta por fax, para subirme a una lancha y recorrer la isla a velocidades supersónicas. Íbamos tan rápido que no quedaba claro si éramos horteras o personajes de Fariña.

El plan funcionó sorprendentemente bien durante una hora: «Somos jóvenes», pensamos viniéndonos arriba. Pero era un espejismo. Pronto se levantó viento, el mar se embraveció y unas nubes negrísimas ocultaron el sol. Delante de mis ojos se estaba pintando un cuadro de Turner y me iba a coger con la mayor resaca en años. Además, hacía frío y dábamos saltos de ocho metros por ir a tope con la lancha. Poco a poco se nos fueron borrando las sonrisas y acabamos todos mareados. Muy mareados.

Ahí empezó el momento estelar.

Nuestro capitán recomendó que los mareados se diesen un baño, porque «ya veréis como se os pasa». Entonces mi amigo más antiguo se echó al mar, rezando por que eso le espantase el mareo, pero no debió de funcionar, porque se puso directamente a vomitar. En el barco, la conclusión fue unánime: vomitar dentro del agua es poco práctico y bastante desagradable, porque el vómito se queda flotando a un palmo de tu cara y las olas resultan amenazadoras. El lado bueno es que a los demás sí se nos fue el mareo de tanto reírnos. Y aún faltaba un último giro. Estábamos ahí mirándolo bracear cuando la naturaleza decidió redondear la imagen: mientras mi amigo chapoteaba entre vómito flotante, el agua alrededor comenzó a agitarse y del mar emergieron cientos de pececillos que se lanzaron a comer lo que su cuerpo había rechazado. Que te entre la risa cuando ya te estás riendo es de las mejores cosas en la vida.

Todos tenemos recuerdos así. Son historias que os encantan a ciertas personas porque las compartisteis, aunque en realidad no tienen demasiada gracia. Es algo que descubres cuando tu novia conoce a tus viejos amigos. Alguien cuenta esas historias y ella finge divertirse con educación, pero es evidente que no puede participar. La miras ilusionado y te entristece que no lo vea —¿cómo no se muere de risa? ¡Salieron peces del mar a comerse a tu amigo con vosotros ahí mirando!—. Todos sabemos lo que está pasando en realidad: vuestros recuerdos son anécdotas corrientes que jamás podrán competir con los vídeos asombrosos de internet. Pero tú no puedes reconocerlo porque tus momentos estelares tienen una propiedad que los hace absolutamente especiales: son los únicos realmente tuyos.

https://www.jotdown.es/2020/11/momentos-estelares-anecdotas/

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Noegana
zörg supremu
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MensajePublicado: Sun Feb 21, 2021 11:34 am    Asunto: Responder citando

Cambiar las propiedades de un material para obtener resultados sorprendentes, como madera que deje pasar la luz.


La madera transparente, energéticamente más eficiente, podría convertirse en alternativa al cristal


Cita:


La madera transparente, energéticamente más eficiente, podría convertirse en alternativa al cristal
20 febrero 2021 20:47 CET
Autor

Steve Eichhorn

Professor of Materials Science and Engineering, University of Bristol

La madera es un material antiquísimo que los seres humanos llevan usando desde hace millones de años para actividades como la construcción de casas y barcos o como combustible para alimentar el fuego. Se trata de un recurso renovable, y supone además un medio a través del cual absorber el exceso de dióxido de carbono presente en la atmósfera de la Tierra. En la actualidad, el volumen anual de producción del principal componente de la madera, la celulosa, es 20 veces superior al del acero.

Pero si hay algo para lo que no utilizaríamos madera sería para construir ventanas. En su lugar utilizamos plástico y cristal, que son transparentes, y que, al endurecerse, aportan solidez estructural. Pero los edificios pierden una gran cantidad de calor a través de los cristales y, a pesar de que la luz que dejan pasar puede templar un poco los interiores, no se trata de un buen aislante. De ahí la necesidad de poner doble cristal. La madera, por su parte, posee grandes capacidades aislantes, pero no es transparente… Normalmente.

En los últimos años los ingenieros de materiales han estado trabajando en crear madera transparente. Este material (una madera a través de la cual se pueda ver, y que a la vez conserve sus grandes propiedades mecánicas) podría suponer una buena alternativa al cristal; alternativa, además, que proviene de un material sostenible y renovable. Los intentos anteriores de llevar esto a cabo implicaban un enorme coste energético, y requerían además el uso de productos químicos muy tóxicos. Sin embargo, hace poco se ha publicado un nuevo estudio donde se muestra cómo hacer madera transparente sin que sea necesario usar grandes cantidades de energía.
Ver a través de la madera

La falta de transparencia de la madera se debe a la acción conjunta de sus dos componentes principales, la celulosa y la lignina. La lignina absorbe la luz, y la presencia de cromóforos (componentes que se activan gracias a la luz) hace que este material tenga un aspecto marrón. Las fibras de la madera, que en su mayor parte están compuestas de celulosa, son estructuras similares a tubos huecos. Y el aire del interior de estos tubos dispersa la luz, lo que limita su transparencia.
Únase y apueste por información basada en la evidencia.

Las investigaciones anteriores destinadas a crear madera transparente intentaban, entre otras cosas, eliminar por completo la lignina de la estructura y sustituirla por un material resinoso. Pero para eliminar la lignina era necesario el uso de numerosos productos químicos muy dañinos para el medio ambiente, y además suponía una reducción considerable de las propiedades mecánicas del material, que se volvía más endeble.

Pero el nuevo estudio, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Maryland, muestra cómo es posible crear madera transparente usando un producto químico sencillo, el peróxido de hidrógeno, que habitualmente se usa para teñir el pelo. Se trata de un producto capaz de modificar los cromóforos, de cambiar su estructura de tal modo que estos dejen de absorber la luz y de darle a la madera su color marrón.
Un soleado bosque de pinos con troncos en el suelo.
Al eliminar la lignina, un componente de la madera, ésta se vuelve transparente. Shutterstock/Krasula

Este producto químico puede extenderse sobre la madera y luego activarse proyectando luz. De esta forma se puede obtener un material blanco y brillante, al que podríamos llamar madera rubia. La reacción química que se produce al juntar madera y peróxido de hidrógeno es bien conocida, pues se trata de un procedimiento básico para decolorar la pulpa de madera que se usa para hacer papel (y que es una de las razones por las que dicho papel tiene una apariencia banca y brillante).

El otro motivo por el que el papel es blanco es porque los poros o agujeros que componen su estructura dispersan la luz de forma similar a como lo hacen las fibras huecas de celulosa en la madera. Si se rellenan estas fibras con resina se reduce la dispersión, lo que permite que la luz atraviese la madera y esta sea transparente al tiempo que mantiene sus propiedades mecánicas.
Ventanas de madera

Hablamos de una investigación fascinante que se basa en la bien conocida reacción química que se produce al juntar peróxido de hidrógeno y lignina. Esta técnica se podría aplicar de igual modo a grandes estructuras de material, lo que podría sentar las bases para la producción de materiales de construcción transparentes que tuvieran el potencial real de sustituir al cristal.

Dado que el producto químico se aplica sobre la madera, esto ofrece grandes posibilidades para la creación de efectos decorativos. Así, podría popularizarse el uso de paneles de este nuevo material en interiores, donde seguirían aportando su capacidad aislante adicional.

Hace falta seguir investigando para optimizar la reacción química y lograr la automatización industrial del proceso. Sin embargo, llegará un día en el que podremos sentarnos en el interior de una casa o trabajar en un edificio cuyas ventanas sean completamente de madera.


Derechos de autor © 2010–2021, ASOCIACION THE CONVERSATION ESPAÑA


https://theconversation.com/la-madera-transparente-energeticamente-mas-eficiente-podria-convertirse-en-alternativa-al-cristal-155495
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JimLovell
demiurgo foril
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MensajePublicado: Mon Feb 22, 2021 6:13 pm    Asunto: Responder citando

Que guay, espero que lo podemos ver pronto
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Salah
Sheriff de Nottingham
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MensajePublicado: Wed Mar 03, 2021 10:49 pm    Asunto: Responder citando

Yo estoy utilizando este artículo de Mario Vargas Llosa con mis alumnos estos días. No es muy actual pero me parece genial.

Cita:
Las culturas y la globalización


Uno de los argumentos más frecuentes contra la globalización -se lo escuchó en los alborotos contestatarios de Seattle, Davos y Bangkok- es el siguiente: La desaparición de las fronteras nacionales y el establecimiento de un mundo interconectado por los mercados internacionales infligirá un golpe de muerte a las culturas regionales y nacionales, a las tradiciones, costumbres, mitologías y patrones de comportamiento que determinan la identidad cultural de cada comunidad o país. Incapaces de resistir la invasión de productos culturales de los países desarrollados -o, mejor dicho, del superpoder, los Estados Unidos-, que, inevitablemente, acompañan como una estela a las grandes trasnacionales, la cultura norteamericana (algunos arrogantes la llaman la "subcultura") terminará por imponerse, uniformizando al mundo entero, y aniquilando la rica floración de diversas culturas que todavía ostenta. De este modo, todos los demás pueblos, y no sólo los pequeños y débiles, perderán su identidad -vale decir, su alma- y pasarán a ser los colonizados del siglo XXI, epígonos, zombies o caricaturas modelados según los patrones culturales del nuevo imperialismo, que, además de reinar sobre el planeta gracias a sus capitales, técnicas, poderío militar y conocimientos científicos, impondrá a los demás su lengua, sus maneras de pensar, de creer, de divertirse y de soñar.

Esta pesadilla o utopía negativa, de un mundo que, en razón de la globalización, habrá perdido su diversidad lingüística y cultural y sido igualado culturalmente por los Estados Unidos, no es, como algunos creen, patrimonio exclusivo de minorías políticas de extrema izquierda, nostálgicas del marxismo, del maoísmo y del guevarismo tercermundista, un delirio de persecución atizado por el odio y el rencor hacia el gigante norteamericano. Se manifiesta también en países desarrollados y de alta cultura, y la comparten sectores políticos de izquierda, de centro y de derecha. El caso tal vez más notorio sea el de Francia, donde periódicamente se realizan campañas por los gobiernos, de diverso signo ideológico, en defensa de la "identidad cultural" francesa, supuestamente amenazada por la globalización. Un vasto abanico de intelectuales y políticos se alarman con la posibilidad de que la tierra que produjo a Montaigne, Descartes, Racine, Baudelaire, fue árbitro de la moda en el vestir, en el pensar, en el pintar, en el comer y en todos los dominios del espíritu, pueda ser invadida por los McDonald's, los Pizza Huts, los Kectucky Fried Chicken, el rock y el rap, las películas de Hollywood, los blue jeans, los sneakers y los polo shirts. Este temor ha hecho, por ejemplo, que en Francia se subsidie masivamente a la industria cinematográfica local y que haya frecuentes campañas exigiendo un sistema de cuotas que obligue a los cines a exhibir un determinado número de películas nacionales y a limitar el de las películas importadas de los Estados Unidos. Asimismo, ésta es la razón por la que se han dictado severas disposiciones municipales (aunque, a juzgar por lo que ve el transeúnte por las calles de París, no son muy respetadas) penalizando con severas multas los anuncios publicitarios que desnacionalicen con anglicismos la lengua de Molière. Y no olvidemos que José Bové, el granjero convertido en cruzado contra la malbouffe (el mal comer), que destruyó un McDonald's, se ha convertido poco menos que en un héroe popular en Francia.

Aunque creo que el argumento cultural contra la globalización no es aceptable, conviene reconocer que, en el fondo de él yace una verdad incuestionable. El mundo en el que vamos a vivir en el siglo que comienza va a ser mucho menos pintoresco, impregnado de menos color local, que el que dejamos atrás. Fiestas, vestidos, costumbres, ceremonias, ritos y creencias que en el pasado dieron a la humanidad su frondosa variedad folclórica y etnológica van desapareciendo, o confinándose en sectores muy minoritarios, en tanto que el grueso de la sociedad los abandona y adopta otros, más adecuados a la realidad de nuestro tiempo. Éste es un proceso que experimentan, unos más rápido, otros más despacio, todos los países de la Tierra. Pero, no por obra de la globalización, sino de la modernización, de la que aquélla es efecto, no causa. Se puede lamentar, desde luego, que esto ocurra, y sentir nostalgia por el eclipse de formas de vida del pasado que, sobre todo vistas desde la cómoda perspectiva del presente, nos parecen llenas de gracia, originalidad y color. Lo que no creo que se pueda es evitarlo. Ni siquiera los países como Cuba o Corea del Norte, que, temerosos de que la apertura destruya los regímenes totalitarios que los gobiernan, se cierran sobre sí mismos y oponen toda clase de censuras y prohibiciones a la modernidad, consiguen impedir que ésta vaya infiltrándose en ellos y socave poco a poco su llamada "identidad cultural". En teoría, sí, tal vez, un país podría conservarla, a condición de que, como ocurre con ciertas remotas tribus del África o la Amazonía, decida vivir en un aislamiento total, cortando toda forma de intercambio con el resto de las naciones y practicando la autosuficiencia. La identidad cultural así conservada retrocedería a esa sociedad a los niveles de vida del hombre prehistórico.

Es verdad, la modernización hace desaparecer muchas formas de vida tradicionales, pero, al mismo tiempo, abre oportunidades y constituye, a grandes rasgos, un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. Es por eso que, en contra a veces de lo que sus dirigentes o intelectuales tradicionalistas quisieran, los pueblos, cuando pueden elegir libremente, optan por ella, sin la menor ambigüedad.

En verdad, el alegato a favor de la "identidad cultural" en contra de la globalización, delata una concepción inmovilista de la cultura que no tiene el menor fundamento histórico. ¿Qué culturas se han mantenido idénticas a sí mismas a lo largo del tiempo? Para dar con ellas hay que ir a buscarlas entre las pequeñas comunidades primitivas mágico-religiosas, de seres que viven en cavernas, adoran al trueno y a la fiera, y, debido a su primitivismo, son cada vez más vulnerables a la explotación y el exterminio. Todas las otras, sobre todo las que tienen derecho a ser llamadas modernas -es decir, vivas-, han ido evolucionando hasta ser un reflejo remoto de lo que fueron apenas dos o tres generaciones atrás. Ése es, precisamente, el caso de países como Francia, España e Inglaterra, donde, sólo en el último medio siglo, los cambios han sido tan profundos y espectaculares, que, hoy, un Proust, un García Lorca y una Virginia Woolf, apenas reconocerían las sociedades donde nacieron, y cuyas obras ayudaron tanto a renovar.

La noción de "identidad cultural" es peligrosa, porque, desde el punto de vista social representa un artificio de dudosa consistencia conceptual, y, desde el político, un peligro para la más preciosa conquista humana, que es la libertad. Desde luego, no niego que un conjunto de personas que hablan la misma lengua, han nacido y viven en el mismo territorio, afrontan los mismos problemas y practican la misma religión y las mismas costumbres, tenga características comunes. Pero ese denominador colectivo no puede definir cabalmente a cada una de ellas, aboliendo, o relegando a un segundo plano desdeñable, lo que cada miembro del grupo tiene de específico, la suma de atributos y rasgos particulares que lo diferencian de los otros. El concepto de identidad, cuando no se emplea en una escala exclusivamente individual y aspira a representar a un conglomerado, es reductor y deshumanizador, un pase mágico-ideológico de signo colectivista que abstrae todo lo que hay de original y creativo en el ser humano, aquello que no le ha sido impuesto por la herencia ni por el medio geográfico, ni por la presión social, sino que resulta de su capacidad para resistir esas influencias y contrarrestarlas con actos libres, de invención personal.

En verdad, la noción de identidad colectiva es una ficción ideológica, cimiento del nacionalismo, que, para muchos etnólogos y antropólogos, ni siquiera entre las comunidades más arcaicas representa una verdad. Pues, por importantes que para la defensa del grupo sean las costumbres y creencias practicadas en común, el margen de iniciativa y de creación entre sus miembros para emanciparse del conjunto es siempre grande y las diferencias individuales prevalecen sobre los rasgos colectivos cuando se examina a los individuos en sus propios términos y no como meros epifenómenos de la colectividad. Precisamente, una de las grandes ventajas de la globalización, es que ella extiende de manera radical las posibilidades de que cada ciudadano de este planeta interconectado -la patria de todos- construya su propia identidad cultural, de acuerdo a sus preferencias y motivaciones íntimas y mediante acciones voluntariamente decididas. Pues, ahora, ya no está obligado, como en el pasado y todavía en muchos lugares en el presente, a acatar la identidad que, recluyéndolo en un campo de concentración del que es imposible escapar, le imponen la lengua, la nación, la iglesia, las costumbres, etcétera, del medio en que nació. En este sentido, la globalización debe ser bienvenida porque amplía de manera notable el horizonte de la libertad individual.

El temor a la americanización del planeta tiene mucho más de paranoia ideológica que de realidad. No hay duda, claro está, de que, con la globalización, el impulso del idioma inglés, que ha pasado a ser, como el latín en la Edad Media, la lengua general de nuestro tiempo, proseguirá su marcha ascendente, pues ella es un instrumento indispensable de las comunicaciones y transacciones internacionales. ¿Significa esto que el desarrollo del inglés tendrá lugar en menoscabo de las otras grandes lenguas de cultura? En absoluto. La verdad es más bien la contraria. El desvanecimiento de las fronteras y la perspectiva de un mundo interdependiente se ha convertido en un incentivo para que las nuevas generaciones traten de aprender y asimilar otras culturas (que ahora podrán hacer suyas, si lo quieren), por afición, pero también por necesidad, pues hablar varias lenguas y moverse con desenvoltura en culturas diferentes es una credencial valiosísima para el éxito profesional en nuestro tiempo. Quisiera citar, como ejemplo de lo que digo, el caso del español. Hace medio siglo, los hispanohablantes éramos todavía una comunidad poco menos que encerrada en sí misma, que se proyectaba de manera muy limitada fuera de nuestros tradicionales confines lingüísticos. Hoy, en cambio, muestra una pujanza y un dinamismo crecientes, y tiende a ganar cabeceras de playa y a veces vastos asentamientos, en los cinco continentes. Que en Estados Unidos haya en la actualidad entre 25 y 30 millones de hispanohablantes, por ejemplo, explica que los dos candidatos, el gobernador Bush y el vicepresidente Gore, hagan sus campañas presidenciales no sólo en inglés, también en español.

¿Cuántos millones de jóvenes de ambos sexos, en todo el globo, se han puesto, gracias a los retos de la globalización, a aprender japonés, alemán, mandarín, cantonés, árabe, ruso o francés? Muchísimos, desde luego, y ésta es una tendencia de nuestra época que, afortunadamente, sólo puede incrementarse en los años venideros. Por eso, la mejor política para la defensa de la cultura y la lengua propias, es promoverlas a lo largo y a lo ancho del nuevo mundo en que vivimos, en vez de empeñarse en la ingenua pretensión de vacunarlas contra la amenaza del inglés. Quienes proponen este remedio, aunque hablen mucho de cultura, suelen ser gentes incultas, que disfrazan su verdadera vocación: el nacionalismo. Y si hay algo reñido con la cultura, que es siempre de propensión universal, es esa visión parroquiana, excluyente y confusa que la perspectiva nacionalista imprime a la vida cultural. La más admirable lección que las culturas nos imparten es hacernos saber que ellas no necesitan ser protegidas por burócratas, ni comisarios, ni confinadas dentro de barrotes, ni aisladas por aduanas, para mantenerse vivas y lozanas, porque ello, más bien, las folcloriza y las marchita. Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen, y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antigüedad, el latín no mató al griego, por el contrario la originalidad artística y la profundidad intelectual de la cultura helénica impregnaron de manera indeleble la civilización romana y, a través de ella, los poemas de Homero, y la filosofía de Platón y Aristóteles, llegaron al mundo entero. La globalización no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que haya en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrará en el marco de la apertura mundial un terreno propicio para germinar.

En un célebre ensayo, Notas para la definición de la cultura, T. S. Eliot predijo que la humanidad del futuro vería un renacimiento de las culturas locales y regionales, y su profecía pareció entonces bastante aventurada. Sin embargo, la globalización probablemente la convierta en una realidad del siglo XXI, y hay que alegrarse de ello. Un renacimiento de las pequeñas culturas locales devolverá a la humanidad esa rica multiplicidad de comportamientos y expresiones, que -es algo que suele olvidarse o, más bien, que se evita recordar por las graves connotaciones morales que tiene- a partir de fines del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, el Estado-nación aniquiló, y a veces en el sentido no metafórico sino literal de la palabra, para crear las llamadas identidades culturales nacionales. Éstas se forjaron a sangre y fuego muchas veces, prohibiendo la enseñanza y las publicaciones de idiomas vernáculos, o la práctica de religiones y costumbres que disentían de las proclamadas como idóneas para la Nación, de modo que, en la gran mayoría de países del mundo, el Estado-nación consistió en una forzada imposición de una cultura dominante sobre otras, más débiles o minoritarias, que fueron reprimidas y abolidas de la vida oficial. Pero, contrariamente a lo que piensan esos temerosos de la globalización, no es tan fácil borrar del mapa a las culturas, por pequeñas que sean, si tienen detrás de ellas una rica tradición que las respalde, y un pueblo que, aunque sea en secreto, las practique. Y lo vamos viendo, en estos días, en que, gracias al debilitamiento de la rigidez que caracterizaba al Estado-nación, las olvidadas, marginadas o silenciadas culturas locales, comienzan a renacer y dar señales de una vida a veces muy dinámica, en el gran concierto de este planeta globalizado.

Está ocurriendo en Europa, por doquier. Y quizás valga la pena subrayar el caso de España, por el vigor que tiene en él este renacer de las culturas regionales. Durante los cuarenta años de la dictadura de Franco, ellas estuvieron reprimidas y casi sin oportunidades para expresarse, condenadas poco menos que a la clandestinidad. Pero, con la democracia, la libertad llegó también para el libre desarrollo de la rica diversidad cultural española, y, en el régimen de las autonomías imperante, ellas han tenido un extraordinario auge, en Cataluña, en Galicia, en el País Vasco, principalmente, pero, también, en el resto del país. Desde luego, no hay que confundir este renacimiento cultural regional, positivo y enriquecedor, con el fenómeno del nacionalismo, fuente de problemas y una seria amenaza para la cultura de la libertad.

La globalización plantea muchos retos, de índole política, jurídica, administrativa, sin duda. Y ella, si no viene acompañada de la mundialización y profundización de la democracia -la legalidad y la libertad-, puede traer también serios perjuicios, facilitando, por ejemplo, la internacionalización del terrorismo y de los sindicatos del crimen. Pero, comparados a los beneficios y oportunidades que ella trae, sobre todo para las sociedades pobres y atrasadas que requieren quemar etapas a fin de alcanzar niveles de vida dignos para los pueblos, aquellos retos, en vez de desalentarnos, deberían animarnos a enfrentarlos con entusiasmo e imaginación. Y con el convencimiento de que nunca antes, en la larga historia de la civilización humana, hemos tenido tantos recursos intelectuales, científicos y económicos como ahora para luchar contra los males atávicos: el hambre, la guerra, los prejuicios y la opresión.


https://elpais.com/diario/2000/04/16/opinion/955836005_850215.html
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