EL GRUPO DE LOS PERDIDOS
Fecha Saturday, 24 October a las 16:41:03
Tema


Eran nuestros únicos días de vacaciones. Dos noches en una casa de turismo rural en las montañas de la brumosa Galicia, un pueblo llamado Caldarcos que se parecía mucho a la aldea de mis abuelos que todavía ocupaba un lugar en mi memoria. Tierra de fantasías y de sueños donde puede pasar cualquier cosa. Las fotos de la página web mostraban una casa de piedra rodeada de un bosque de robles y de abedules que unido al aire acogedor de las habitaciones lo convertían en el lugar ideal para pasar unos días de asueto.
Los días se habían recortado y se fue perdiendo el fulgor del verano que dio paso a un renqueante otoño; esa estación pintada con melancolías
Mi mujer y yo necesitábamos desconectar de la ciudad, del ruido, del sofoco, del maldito tráfico y de las prisas por llegar a ninguna parte. Después de un verano muy caluroso nos vendría muy bien tomarnos un respiro.
Salimos media tarde y pensábamos llegar a la cena para acostarnos pronto y aprovechar la mañana. Dejamos la autopista de Madrid en Vilalba y nos dirigimos hacia la costa atravesando la Serra do Xistral con parada y fonda en O Valadouro. El viaje estaba siendo agradable, con algún descanso en una estación de servicio para reponer fuerzas y en la gasolinera para llenar el depósito. También para estirar brevemente las piernas.
De repente, cuando subimos una escarpada ladera empezaron a caer unas gotas de agua a las que le sucedió un aguacero seguido de rayos y truenos que se divisaban en el horizonte.
La radio del coche, que siempre llevábamos encendida perdió las sintonías lo que achacamos a la tormenta y a la agreste geografía de la zona.
Avanzamos bajo la lluvia un par de quilómetros hasta que el coche se paró de golpe. Pensé que sería cosa del motor, que se había enfriado, pero al abrir el capó no encontré ninguna anomalía, aunque debo reconocer que mis conocimientos sobre mecánica son bastante limitados. Como llovía con tanta intensidad decidimos quedarnos en el coche, hasta que se estropeó el aire acondicionado y nos vimos obligados a bajar. No se divisiva ninguna casa ni pasaba ningún otro vehículo. Las posibilidades eran pocas y evité contarle a Ángela, mi mujer, que esa era una zona de lobos. Caminamos calados, con un frío montañoso que no era nada habitual en el verano hasta que vimos que salía humo de lo que parecía una chimenea. Descendimos por un sendero recubierto de barro y tras varias horas de caminata llegamos a una casa recubierta de hiedras en la que se veía una luz. Utilizamos la aldaba para llamar y tras unos segundos apareció un hombre muy mayor con una chaqueta de lana y nos pidió que nos sentáramos junto al brasero. En la mesa había cubiertos para cuatro personas, aunque la impresión es que allí sólo vivía el anciano. Nos aclaró que hacía años que se había ido, lo que entendimos como que habían fallecido, pero los platos y los vasos estaban dispuestos para su familia. Le contamos lo que nos pasó y se ofreció a que pasáramos la noche en su casa. A Ángela no le pareció buena idea, pero tal y como estaba el tiempo y sin coche, era la única opción que nos quedaba. Comimos algo de pan con queso y vimos como el hombre se dirigía a aquellas personas invisibles, hasta les servía comida, lo que nos dejó estupefactos. A su mujer sólo le puso un vaso de leche porque nos contó que le sentaba mal cenar demasiado.
Nos acostamos muy temprano en una cama enorme y a lo largo de la noche no dejamos de escuchar ruidos; era imposible dormir, a lo que tampoco ayudaba el olor a cera que se había extendido por toda la casa. Me levanté y cuando bajé a la entrada vi al hombre con un caldero en el que había varias hierbas que desprendían un fuerte olor. Me dijo que tenía que hacer un pequeño viaje, que le estaban esperando un grupo de personas, entre ellas su familia que tenían cuentas pendientes y que debía ayudarlos. Se me ocurrió pensar en la Santa Compaña y lo dije en alto, pero él prefería llamarles Grupo de los Perdidos. Tienen alguna deuda, y están entre este mundo y el otro. Todas las noches con la luna menguante tenía que realizar ese trabajo y de paso ir a buscar a nuevos miembros de su equipo, alguno de los cuales se resistía. Me propuse que lo acompañase, pero lo rechacé. Pensé que serían cosas de antes, sin importancia, pero cuando subí a la habitación desde la ventana vi como un reguero de luces se alejaba entre la oscuridad de las montañas.
ANTÓN LAMELA







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