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corsario escribió "Eran nuestros únicos días de vacaciones. Dos noches en una casa de turismo rural en las montañas de la brumosa Galicia, un pueblo llamado Caldarcos que se parecía mucho a la aldea de mis abuelos que todavía ocupaba un lugar en mi memoria. Tierra de fantasías y de sueños donde puede pasar cualquier cosa. Las fotos de la página web mostraban una casa de piedra rodeada de un bosque de robles y de abedules que unido al aire acogedor de las habitaciones lo convertían en el lugar ideal para pasar unos días de asueto.
Los días se habían recortado y se fue perdiendo el fulgor del verano que dio paso a un renqueante otoño; esa estación pintada con melancolías
Mi mujer y yo necesitábamos desconectar de la ciudad, del ruido, del sofoco, del maldito tráfico y de las prisas por llegar a ninguna parte. Después de un verano muy caluroso nos vendría muy bien tomarnos un respiro.
Salimos media tarde y pensábamos llegar a la cena para acostarnos pronto y aprovechar la mañana. Dejamos la autopista de Madrid en Vilalba y nos dirigimos hacia la costa atravesando la Serra do Xistral con parada y fonda en O Valadouro. El viaje estaba siendo agradable, con algún descanso en una estación de servicio para reponer fuerzas y en la gasolinera para llenar el depósito. También para estirar brevemente las piernas.
De repente, cuando subimos una escarpada ladera empezaron a caer unas gotas de agua a las que le sucedió un aguacero seguido de rayos y truenos que se divisaban en el horizonte.
La radio del coche, que siempre llevábamos encendida perdió las sintonías lo que achacamos a la tormenta y a la agreste geografía de la zona.
Avanzamos bajo la lluvia un par de quilómetros hasta que el coche se paró de golpe. Pensé que sería cosa del motor, que se había enfriado, pero al abrir el capó no encontré ninguna anomalía, aunque debo reconocer que mis conocimientos sobre mecánica son bastante limitados. Como llovía con tanta intensidad decidimos quedarnos en el coche, hasta que se estropeó el aire acondicionado y nos vimos obligados a bajar. No se divisiva ninguna casa ni pasaba ningún otro vehículo. Las posibilidades eran pocas y evité contarle a Ángela, mi mujer, que esa era una zona de lobos. Caminamos calados, con un frío montañoso que no era nada habitual en el verano hasta que vimos que salía humo de lo que parecía una chimenea. Descendimos por un sendero recubierto de barro y tras varias horas de caminata llegamos a una casa recubierta de hiedras en la que se veía una luz. Utilizamos la aldaba para llamar y tras unos segundos apareció un hombre muy mayor con una chaqueta de lana y nos pidió que nos sentáramos junto al brasero. En la mesa había cubiertos para cuatro personas, aunque la impresión es que allí sólo vivía el anciano. Nos aclaró que hacía años que se había ido, lo que entendimos como que habían fallecido, pero los platos y los vasos estaban dispuestos para su familia. Le contamos lo que nos pasó y se ofreció a que pasáramos la noche en su casa. A Ángela no le pareció buena idea, pero tal y como estaba el tiempo y sin coche, era la única opción que nos quedaba. Comimos algo de pan con queso y vimos como el hombre se dirigía a aquellas personas invisibles, hasta les servía comida, lo que nos dejó estupefactos. A su mujer sólo le puso un vaso de leche porque nos contó que le sentaba mal cenar demasiado.
Nos acostamos muy temprano en una cama enorme y a lo largo de la noche no dejamos de escuchar ruidos; era imposible dormir, a lo que tampoco ayudaba el olor a cera que se había extendido por toda la casa. Me levanté y cuando bajé a la entrada vi al hombre con un caldero en el que había varias hierbas que desprendían un fuerte olor. Me dijo que tenía que hacer un pequeño viaje, que le estaban esperando un grupo de personas, entre ellas su familia que tenían cuentas pendientes y que debía ayudarlos. Se me ocurrió pensar en la Santa Compaña y lo dije en alto, pero él prefería llamarles Grupo de los Perdidos. Tienen alguna deuda, y están entre este mundo y el otro. Todas las noches con la luna menguante tenía que realizar ese trabajo y de paso ir a buscar a nuevos miembros de su equipo, alguno de los cuales se resistía. Me propuse que lo acompañase, pero lo rechacé. Pensé que serían cosas de antes, sin importancia, pero cuando subí a la habitación desde la ventana vi como un reguero de luces se alejaba entre la oscuridad de las montañas.
ANTÓN LAMELA
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Oscuridad (microrrelato de terror, emitido tiempo ha) |
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Maroto77 escribió "“Os recomiendo vivamente la escucha de este relato... Nos ha gustado mucho... Toda una declaración de principios a cargo de un vampiro a punto de fallecer... Un vampiro decadente, de los peores”.
- Juan Antonio Cebrián, descanse en paz -
Oscuridad, oscuridad, no puedo ver nada en esta total oscuridad. Han parecido años, han transcurrido siglos en esta breve oscuridad. Vivir de noche y yacer de día. Es difícil constatar el transcurso del tiempo cuando eres inmortal. Ayer paladeamos el vino de Babilonia y hoy agonizamos entre ruinas. Ansiamos ser vampiros y creemos saber lo que significa. Esta eterna oscuridad lo cambia todo, todo menos nuestra existencia.
Seguiremos siendo lo que fuimos, somos lo que seremos. Ésta es nuestra tragedia: matamos para vivir y vivimos para matar. Cenizas a las cenizas y polvo al polvo. Nuestra piel se vuelve negra bajo el sol. Corremos con los lobos y somos compañeros para los búhos. En estos tiempos inseguros malvivimos ocultos, esperamos y tememos, pero siempre confiamos. Os devolvemos a la tierra y suplicamos borrachos de sangre por una noche más. Semienterrados, vivimos como animales que temen a su presa.
Os tememos, sí, os tememos, pues al amanecer, protegidos de la luz asesina, descansamos indefensos bajo los escombros de un pasado glorioso. Nunca pudimos imaginar que la presa comenzara la caza del depredador. Tras siglos de terror el ganado se rebeló. Todas las dudas, todos los indicios, todas las sospechas se confirmaron. En mala hora la carroña se tornó en buitres. Desde la pesadilla surgió un líder. Y cuando el mastín ladra, la manada aúlla y comienza la caza. La chusma empuña antorchas y crucifijos, y nos gritan asesinos.
Oscuridad, acogedora oscuridad, ¿acaso lo somos? No somos criminales. Nuestros actos no son inmorales. No puede culparse al lobo que devora corderos, pues ésa es su naturaleza. El hombre teme lo que no puede comprender y ataca lo que teme, pues ésa es su naturaleza. La mujer trae la vida a este mundo, y teme lo que amenace a sus retoños, pues ésa es su naturaleza. Siempre fue así y siempre lo será.
Nosotros ansiamos la sangre y la tomamos de los más débiles. Somos depredadores y, como tales, seguimos las leyes naturales. No matamos por placer, sino para procurarnos sustento. Vosotros no podéis decir lo mismo. Creéis en complejas leyes humanas y divinas. Nosotros acatamos la ley del más fuerte. El débil perece, el fuerte sobrevive. Aquello que no nos mata nos hace más fuertes.
Unos pocos reconocieron la verdadera senda. Tomaron el nombre de los hijos de Caín, y todavía creen saber lo que significa. Buscan la justa condena que redima sus pecados. Saben que el mundo es locura. Ven con claridad las contradicciones y las aceptan. Exigen su justo castigo, y piden a gritos cuentas a Dios. ¿Acaso no saben que Dios ha muerto? Se perciben portentosas señales en esta oscuridad sin retorno.
El tiempo se escurre entre mis dedos. La muerte verdadera se acerca. La siento ahí fuera, siguiendo el rastro de sangre que he marcado durante más tiempo del que puedo recordar. Todos mis recuerdos morirán conmigo... el escriba de Alejandría que descubrió los orígenes de la vieja plaga... su búsqueda y nuestro exterminio... las verdaderas causas del incendio de la mítica biblioteca... pudimos respirar tranquilos... los antiguos secretos nunca más revelados... las ciudades en el desierto sin nombre bajo cuyas arenas renacimos... fuimos temores para mentes infantiles... dioses para unos pocos iluminados que acudían a nosotros... fueran reyes o mendigos... egipcios o griegos.
Y ahora nosotros, los viejos dioses, morimos olvidados, confiando en días mejores que no llegarán. Oscuridad, terrible oscuridad, quedan tantas historias que merecen la pena ser narradas... aquel vampiro toledano que enloqueció... su prole ardiendo en las hogueras de la Inquisición... la noche en la que entró en la catedral... y derramó veneno en el agua bendita... vampiros acobardados que se alimentan de ratas... vampiros tan humanos que lloran sangre al contemplar a sus víctimas.
Pero el tiempo se acaba, y es hora de partir. En estas lóbregas ruinas siento el abrazo de la muerte como el remedio para la enfermedad. Como el soldado que baja del barco de guerra y vuelve a casa. Cuando busqué la muerte no la encontré. Cuanto daría ahora por un año más, por una noche más, por un minuto más.
Pero la historia llega a su inevitable final. Siento próxima la luz del amanecer. Me consumirá y no seré más que cenizas. Frágil como una telaraña, un insecto atrapado que asiste sereno a su propio fin. Soy el prisionero que vuelve al hogar tras un largo cautiverio. Oscuridad, oscuridad, terrible, acogedora y eterna oscuridad.
- Original de Ignacio Fernández Rossi-
- Escrito el 26 de mayo de 2002-
- Emitido el 18 de noviembre de 2002-
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miguelh escribió "
Cuba, 1848
No he podido olvidar su mirada. Fue en una noche de luna menguante sobre las plantaciones de Santiago de la Vega, cuando el frecor de un febrero tropical caía ya sobre la isla y en el vagón se respiraba el silencio de todos, acongojados ante la sobriedad del paisaje en penumbra de caña de azúcar. Las viejas historias de marineros feroces escuchadas en el puerto de La Habana hace pocos días sonaban ahora como de otro mundo, retumbando lejanas en el eco de la campiña desierta. De vez en cuando el comboy se paraba en seco para admitir un cargamento más de caña de azúcar y los pulmones se inundaban una vez más de aquel olor que me había poseído nada más dejar el barco de la metrópoli. En silencio, la inmensidad del océano iba atrayendo al ferrocarril con su paso raquítico, nada parecía alterarse y la noche era ajena a todo.
Sobre el banco de madera mi hermana dormía con placidez y hacía desmentir la imagen de cuando trataba con desprecio a los trabajadores mulatos de Bejucal. Mi padre, dormía también ataviado con sus condecoraciones, y sólo el empresario de la Compañía del Ferrocarril permanecía levemente despierto, quizás atronado todavía por las palabras secas del militar sobre los criollos insurrectos. En mi imaginación también había algo que no me dejaba dormir: aquellas palabras del señor Olavide sobre el accidente de Santiago de la Vega. Fue en 1835, durante la construcción de la vía, cuando se produjo una explosión errónea de dinamita mientras los jornaleros cubanos labraban un paso entre dos colinas. Aquella balsa de agua inesperada reventó y arrastró sin remedio a la decena de muchachos preparados para llevarse de allí la tierra. Mi corazón se heló por momentos cuando el empresario, consciente del pánico infantil que yo había mostrado por su historia, me señaló nuestro próximo paso por el poblado de los trabajadores.
Giré mi cabeza, y mientras mi cuerpo infantil se deslizaba en el banco de madera, comenzaba a vislumbrar por entre el paisaje abrumador de cañas de azúcar algunos barracones de barro en ruinas. A través de la ventana observaba el humo de la locomotora disiparse en la estela, y todo aquello conformaba una atmósfera de difícil definición, a medio camino entre el sueño y la realidad, donde los seres del pasado parecían cobrar forma y yo no podía hacer nada por escaparme de ser arrastrado hacia ese lugar, lejos del amparo del mundo de los adultos. Fue entonces cuando apareció el muchacho de la ventana. Era de piel negra, con un chaleco que dejaba ver su piel sucia por las explosiones, con la pica al hombro. Su rostro parecía demasiado real como para ser un sueño o una imaginación mía inspirada por el ambiente, con todos esos atributos de la paciencia de sus ancestros acerca de aguantar las vicisitudes de la vida. Sabía que era uno de ellos, de los muchachos descritos por el señor Olavide. Y lo que más me aterrorizó no fue el devaneo de mis sentidos, más tolerado en la infancia que en la vida adulta, sino el impulso de sentirme reflejado inevitablemente en él.
Años después, ya en la metrópoli, tuve noticias acerca del señor Olavide. Yo había soñado con el muchacho de la ventana hasta bien entrada la adolescencia, y desde la cama parecía no se bien si amenazarme o invitarme a su atmósfera, la misma en la que estuve inmerso aquella noche en el vagón. Olavide había dejado la Compañía, entregado a una vida de tabernas en La Habana. Nadie entendía su actitud, pero yo pude saber el secreto, lo leí en su cuaderno de bitácora antes de terminar el viaje cuando ya había logrado conciliar el sueño: se sentía responsable por lo ocurrido en Santiago de la Vega, sobre todo después de que una hechicera de las plantaciones de azúcar le hablara sobre la perpetuidad del alma del trabajador infantil entre los vivos, guiándose por un trabajo hecho hace siglos por sus antepasados africanos del Níger. Yo también lo sabía.
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El Cid: Prototipo del caballero castellano |
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el_cid escribió "Anecdota: Como todos sabemos, el verdadero nombre de El Cid era Rodrigo Díaz de Vivar. El apodo de El Cid, al parecer, se lo pusieron después de luchar al frente de las tropas del Rey Sancho II como Alférez de Castilla, en la taifa de Zaragoza. Esta estaba gobernada por Moctádir y después de los combates se vio obligado a pagar al rey castellano.
Según cuenta un cronista hebreo llamado José Ben Zaddic, el valor de El Cid infundió tal respeto en los árabes, que comenzaron a llamarle \"Sidi\", que quiere decir señor o maestro. Así, el Sidi devino en Cid y más tarde, en Cid Campeador...
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revolver escribió "Y entonces desperté. Un brillo penetraba en mis ojos desnudando una fragilidad en ellos que no conocía, y me causaba un profundo malestar. Al agudizar la vista pude ver en un extremo de la habitación una gran ventana abierta que, al jugar el viento con sus delicadas cortinas, me mostraba un grande y hermoso jardín de estilo victoriano, adornado por grandes sauces y una densa vegetación en los límites de este. El cielo que coronaba la visión, estaba llenos de pequeñas nubes y dibujaba poco a poco, al final de lo que lograba percibir, nubarrones grises en anuncio del frío y las lluvias.
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revolver escribió "Cuando el Teniente Daekan recorre las calles de la devastada y confusa 4ta Metrópolis, un descorazonador escalofrío recorre su cuerpo. Las cosas han cambiado mucho en los últimos 200 años, y desde su tercer nacimiento en 3036, a Daekan le ha tocado vivir ya muchos de esos años, demasiados piensa. "
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Cordelia_F escribió ""El hombre solitario es una bestia o un dios"
Aristóteles
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Microrelato: En la Balanza |
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koldan escribió "Microrelato de Ciencia Ficción.
En el inmenso blanco del polo norte una figura oscura destaca sobre las demás. Camina encogida hacia el otro objeto que sobresale dentro del paisaje común de esas tierras heladas. Sus pensamientos se centran en la función de la máquina: la destrucción del planeta. Le ha llevado años su construcción pero por fin ha conseguido que con el simple hecho de pulsar un botón el núcleo terrestre explote. Se detiene frente al panel de control y su mano lentamente se acerca al botón. Su mente empieza a repetir los motivos que le llevaron a la construcción de la máquina: "
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Un enorme yacimiento de ámbar en España |
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el_cid escribió "En la época de los dinosaurios, durante el Cretácico, hace 110 millones de años, el área ocupada actualmente por Cantabria estaba inundada por el mar y por amplios estuarios y lagunas costeras bordeadas por frondosos bosques de coníferas."
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